Enfrentar la represión. Organización colectiva a través del apoyo mutuo; de Miguel Angel Navarro Lashayas

fotoUn texto claro y, sobre todo, útil para afrontar la represión política teniendo en cuenta el componente psíquico de la misma.

La represión existe, tiene muchas caras y está diseñada para herir las vidas de quienes disienten. Cualquier resistencia pasa por forjar comunidad, por hablar de lo que se intenta silenciar y por plantear la necesidad de trabajar en intereses comunes más allá de que nos caigamos mejor o peor entre nosotros.

Consecuencias de la represión

Quizá uno de los objetivos que persigue la represión política, además de la paralización mediante el miedo, es también el que la gente no sea consciente de sus finalidades, para que de esta forma tenga menos posibilidades para defenderse. Sobre cuáles son los fines de la represión se puede consultar la guía antirepresiva de reciente publicación en su sección de respuesta psicosocial. Lo que es claro es que siempre tiene unas consecuencias, sino no existiría.

Algunas consecuencias y efectos de la represión en la persona y su entorno son:

Impacto directo de la represión: El impacto directo tiene consecuencias emocionales, pero también a veces produce daños físicos, desestructuración del grupo o de la familia, etc. Pero por otra parte, las personas y los grupos no viven pasivamente estas situaciones. Tratan de afrontarlas intentando darles un sentido y mantenerse activas. Por ejemplo, una persona que fue torturada deberá vivir en adelante con esta experiencia y hacer frente a algunas consecuencias. Pero también la familia se ve afectada por la detención y tortura de uno de sus miembros: cada persona la habrá vivido de una manera y tratarán de afrontarla a nivel individual o como grupo.

Empeoramiento de las condiciones de vida: No sólo por las consecuencias físicas (por ejemplo, de la tortura) o por la inestabilidad a nivel nervioso, sino también por los intentos de olvidar el pasado que pueden llevar a un abuso del alcohol o a no poder mantener un trabajo por el estigma social de «sujeto peligroso».

Aislamiento social: La represión produce miedo, y este miedo e insensibilidad pueden hacer que los que rodean a una persona reaccionen, a menudo, retrayéndose y aislando o marginando a los afectados. En otras ocasiones se produce un distanciamiento entre compañeros, ya sea por miedo a meterse en líos si se trata de ayudarle, como por no saber hacerlo.

Hostigamiento y persecución: Muchas veces se da una represión de «baja intensidad» en la cual los seguimientos y el acoso son constantes. Incluso en casos de tortura se prolonga ésta mediante seguimientos visibles posteriores.

Ruptura del proyecto vital y político: El impacto directo de la represión, el aislamiento social o los cambios políticos producidos por la represión, pueden suponer una ruptura de los proyectos de futuro que se estaban tratando de construir. Frente a estas situaciones, la voluntad de la persona de seguir adelante y el apoyo mutuo de los miembros del grupo, pueden proporcionar la base para su reconstrucción.

Aspectos prácticos para enfrentarla

Las cinco cuestiones anteriores hacen que podamos encontrar personas que están mal, que tienen problemas para dormir, para concentrarse en un trabajo y vivencias de miedo y angustia. Otras veces, se crean situaciones de confusión porque las personas cercanas no entienden la situación y tratan de ayudar de forma impositiva y contradictoria (lo que tienes que hacer es pasar de todo, hablar más con la gente, contar, tomarte unas vacaciones….)

A pesar de que todas las situaciones son únicas e intransferibles, a continuación se presentan algunas reflexiones y sugerencias para promover el apoyo y mejorar la energía de un grupo que tiene que enfrentar esos hechos.

  1. Hacer algo positivo con lo vivido es la primera respuesta. Ayuda también a mantenerse activos en un momento en que el impacto del hecho esta muy cerca. Si la persona se encuentra bien puede incluso sorprenderse de ello, y estar esperando el momento del bajón. No tiene por que haberlo, aunque hay dificultades que se presentan casi siempre al cabo de unos días. La primera prioridad es la acción, la seguridad, la coordinación. No precipitarse, tomar las decisiones colectivamente y no dejarse llevar por reacciones impulsivas. Junto con eso es importante tener momentos o actividades juntos para sacar la tensión y que ayuden a no estar permanentemente focalizados en el problema.
  2. Es normal que se den algunos problemas para dormir o incluso pesadillas, recuerdos frecuentes del hecho o estar permanentemente alerta (salidas a la calle, visitas, etc.). Lo normal es que vayan disminuyendo y se trata de que no interfieran mucho en la vida cotidiana.
  3. Después de unos días es importante estar atento a las sensaciones, las vivencias, los cambios en cómo se ve el trabajo, el mundo. Hay que dar espacio para poder compartir esas cosas en el grupo. Las situaciones de tensión extrema pueden unir al grupo pero también pueden hacer que pequeños problemas se magnifiquen. Hay que cuidar la dinámica del grupo y evitar sobre todo los malentendidos. Atención también al efecto rumor. Es momento de análisis, contrastar informaciones, pedir opiniones de afuera y tener calma.
  4. Hay que evitar los extremos: la parálisis (no podemos ahora hacer nada) o hacer como si nada hubiera pasado. Pensar de forma realista en los planes de trabajo, incluyendo la necesidad de descanso y reuniones. Tampoco es bueno declararse en asamblea permanente, aunque en algunos momentos es inevitable. El tiempo excesivo o darle más vueltas muchas veces no arregla nada. En momentos de confusión el grupo puede necesitar más tiempo pero también puede ser bueno poner un poco más de método o creatividad en las reuniones que ayude a cortar la secuencia habitual. También hay necesidad de rotaciones o pausas.
  5. Las consultas, comunicaciones, etc. llevarán a tener que reunirse todo el equipo en algún momento para poder compartir las cosas más de cerca y tomar las decisiones entre todos y todas. Se necesita paciencia y apertura por parte de todo el mundo para eso. Para los que han sufrido la represión puede ser difícil explicar todo o pueden también pensar que los demás no entienden bien su situación.
  6. Las discusiones sobre la seguridad serán seguramente una parte importante de la reorganización de la vida cotidiana, una vez que ha pasado la situación más extrema. Puede ser beneficioso tener algunas precauciones más, pero sin obsesionarse. Es importante mantener las decisiones colectivas y, si es necesario, ponerse plazos para revisarlas.
  7. Algunos consejos prácticos: 1) evitar estar dándole vueltas al problema, especialmente en las noches, hablando de lo mismo. Tener un espacio de distensión individual o colectivo antes de ir a dormir. 2) afianzar lo positivo que se ha logrado y no dejarse vencer por el miedo. 3) el humor ayuda a tomar un poco de distancia y recuperar la alegría. 4) recomponer una «rutina» cotidiana, aunque haya que cambiarla cada semana, ayuda a mantenerse activo. 5) si es difícil encontrar espacio en el grupo para compartir las vivencias, buscar alguna persona de confianza. Saber todas estas cosas no es la solución, pero ayuda a buscarla más fácilmente.

Los grupos de apoyo mutuo

Una de las mejores herramientas para enfrentar la represión es el apoyo mutuo. Sin embargo el apoyo mutuo no consiste tan solo en reunirse un grupo de personas para decir «aquí estamos». En los hechos más violentos o cuando la afectación a la persona ha sido grande se requiere de algunas habilidades para que dicho apoyo no se convierta en un carga para quien lo da y lo recibe. Lo más básico es aprender a «escuchar activamente», ¿en qué consiste esto?

Facilitar la expresión de las emociones:

  • Garantizar la confidencialidad preservando la intimidad de las personas a las que se da apoyo para poder tener su respeto y confianza.
  • Escuchar activamente y con empatía, es decir, intentar en la medida de lo posible ponerse en el lugar del otro y comprender lo que está sucediendo, creando una atmósfera calurosa y humana alrededor de la persona.
  • Aceptar a las personas tal y como son sin juzgarlas: mostrar al otro una aceptación sin condiciones previas y sin emitir juicios de valor sobre su comportamiento.
  • Permitir normalizar el llanto como elemento de descarga emocional. La normalización se realiza más con la actitud corporal de calma y el silencio que indicando a la persona lo que es o no normal, lo que pudiera llevar a pensar que se le está indicando que hay una cierta manera «esperable« en la que debe sentirse.
  • No interrumpir cuando la persona expresa emociones negativas. Permitirlo y dejar que exteriorice sus sentimientos el tiempo que sea necesario, recogiendo en silencio su dolor.
  • Sólo cambiar de tema cuando se intuye que la persona se va a descontrolar completamente, lo cual muy raramente va a suceder.
  • En caso de que la emoción negativa predominante sea de enfado o rabia, facilitar la expresión procurando, con nuestra actitud más que con nuestras palabras, que la persona no se desborde.

Preguntar sobre lo sucedido:

  • Si la persona no muestra interés en narrar los hechos no insistir. No mantener una actitud inquisitiva, sino respetar una distancia psicológica.
  • Aguantar el silencio y no pensar que «hay que decir algo», porque los comentarios obvios o expresiones hechas pueden sentar mal a la persona al darle la sensación de no ser comprendida. También pueden sentar mal expresiones bienintencionadas como «entiendo lo que te pasa» (porque genera sensación de distancia y engaño) o «sé cómo te sientes» (cuando la persona suele tener dificultades para saber ella misma lo que siente).
  • El silencio debe de ser un silencio cómodo, de recogimiento y respeto en la reflexión del otro, no un silencio inquisitivo que ponga tensión en el otro si no habla.
  • Aprender a dar apoyo emocional es, en gran medida, aprender a estar en silencio con una actitud de la cara y el cuerpo que muestre atención y apoyo, pero sobre todo calma.
  • Si la persona queda bloqueada, se puede hacer alguna pregunta o repetir algunas ideas que ella ha dicho como una manera de ayudarle a que siga, si lo desea, pero siempre es el otro quien debe hablar. Y sin insistir.
  • Aguantar la información angustiante, el horror y el dolor de la otra persona sin ponerse nervioso ni devolverle la angustia.

Ayudar a aclarar y ordenar:

  • Organizar el pensamiento realizando resúmenes de lo que la personas nos ha contado y devolviéndoselo para centrar lo que está contando.
  • Ayudar a ordenar las ideas sintetizando los principales problemas y acciones enumeradas hasta el momento.
  • Evitar los consejos directivos (lo que deberías hacer….) y en la medida de lo posible los indirectos (quizá lo que yo haría…..), salvo que se haya producido un hecho traumático importante y la persona esté todavía en un estado de desorientación inicial.
  • Ayudar a recordar otros momentos difíciles, aunque no se parezcan a la situación actual, e identificar lo que hizo para afrontarlo.
  • Destacar honestamente las fortalezas demostradas por la persona hasta el momento y ayudarle a reconocer sus formas de resistencia y a buscar recursos positivos a su alrededor (familia, amigos, etc.)

Acompañar:

  • Transmitir la necesidad de aceptar lo ocurrido (lo que no significa sin justificar ni que no tenga que expresar el dolor y la angustia que pudiera sentir).
  • Saber esperar: a veces no es el mejor momento para hablar con la persona, ya que quizá considera que no tiene ningún problema o que no necesita ayuda. En este contexto, hay que esperar al otro y dejar espacio. La ayuda no pedida provoca agobio y rechazo. En todo caso se trata de darle información que le ayude a pensar y estar atentos a si en el futuro pudiera necesitar apoyo.

Ofrecer formas sencillas de contacto.

  • Tener una actitud proactiva en el futuro, manteniendo contacto periódico no invasivo. No esperar a una petición explícita de ayuda.
  • Los grupos de apoyo mutuo son espacios informales de intercambio en el que las personas entran y salen según sus necesidades psicológicas, o espacios más formales que van desde los grupos de tiempo limitado (por ejemplo 10 sesiones), pero sin contenidos fijados de antemano, hasta los grupos psicoeducativos en los que hay una estructura de contenidos centrados en la idea de introducción de pautas saludables.
  • En muchos casos se trata de retrasar la intervención individual dejando que la persona ponga en marcha sus recursos propios, que, en la gran mayoría de las personas serán suficientes para en dos o tres meses, integrar la experiencia. Y para personas más afectadas, con dificultades o con necesidades mayores, hacer sesiones de ventilación grupal más específicas, contextualizadas y con la posibilidad de un seguimiento individual posterior.
  • La realización del apoyo mutuo, además de las habilidades de escucha activa descritas anteriormente, requiere tener en consideración otros aspectos:
  • Hacer explícitos los problemas o cuestiones que afectan a las personas o el grupo para evitar malentendidos y bloqueos. Es mejor hablar de los problemas o dificultades entre todos y todas, aunque a veces sea doloroso, que hacer como que no existen.
  • Poner las cuestiones en un «lugar» tratable. No se trata de pasarse los problemas de uno a otro, como si de una patata caliente se tratara, sino de ponerlos en un lugar común de forma que todos puedan aportar su punto de vista.
  • Dedicar tiempo a recoger la vivencia de cada persona para reconstruir un significado y visión conjunta. Si no se da ese espacio, se corre el riesgo de que el grupo pierda su visión y cohesión interna.
  • Tener un punto de vista constructivo: pensar también qué hacer y cómo seguir adelante, y reconstruir el compromiso de solidaridad.
  • Aprender a situarse en las nuevas situaciones, especialmente en caso de haber sufrido experiencias traumáticas o aumento de los niveles de tensión. El grupo protagonista de su historia debe tener la capacidad de replantear sus expectativas según el contexto en el que está.
  • Decidir el método que se va a seguir, de forma que todos puedan participar y aportar sus experiencias. Eso puede dar seguridad emocional y facilitar la toma de decisiones.
  • Construir entre todos y todas un sentido de grupo que haga posible reintegrar las experiencias vividas, reconstruir las relaciones y retomar el trabajo.

La estrategia psico-jurídica

En ocasiones se decide judicializar un caso y en esos momentos es importante que el trabajo previo que se ha realizado no se deje a un lado. Debemos caminar hacia un trabajo conjunto entre los y las profesionales del derecho y los y las profesionales psicosociales. Las actividades de acompañamiento psico-jurídico son acciones transversales de trabajo conjunto entre profesionales psicosociales y del derecho en el apoyo individual y colectivo a las víctimas. Se desarrollan intervenciones que incluyen:

  • Toma de testimonios.
  • Talleres de memoria colectiva
  • Toma individual de testimonios. Manejo de crisis
  • Trabajo en identidad. La víctima como sujeto de derechos y potencial actor social y político
  • Procesos de búsqueda de justicia. Acompañamiento en la decisión de judicializar o no. Análisis de contexto, fortalezas, dificultades y escenarios.
  • Programas de apoyo y protección a testigos.
  • Preparación de comparecencias a juicios y audiencias. Evaluación del riesgo de re-traumatización y actividades psicológicas de prevención
  • Acompañamiento y prevención de desgasten letrados, representantes legales.
  • Manejo de amenazas y miedo
  • Interlocución entre actores (grupos de apoyo, organizaciones sociales y políticas, prensa, equipo jurídico y víctimas)
  • Dilemas en momentos críticos
  • Discusión del concepto de reparación. Qué y cómo.
  • Preparación para la sentencia
  • Realización de peritajes (por ejemplo el Protocolo de Estambul)
  • Evaluación de secuelas

Se trata de un camino apenas transitado. En la mayoría de las ocasiones son estrategias que corren en paralelo y apenas tienen conexión. Lo judicial va por un lado y las consecuencias en la persona y los grupos por otra. Esto no debe de ser así y el trabajo conjunto puede beneficiar a ambas cuestiones. Un ejemplo paradigmático de lo que queremos decir es el caso de Diana Ortiz, una monja estadounidense que trabajaba en Guatemala y que fue secuestrada, violada y torturada por el ejército. Carlos Martin Beristain nos trae sus palabras ante la eminente declaración delante de la Comisión de Derechos Humanos del Congreso; ¿sabes cuál es el problema de mis abogados? que saben mucho de mi caso pero muy poco de mi.

Se han comenzado a dar pequeños pasos como el trabajo conjunto que se está realizando en algunos juicios para presentar el Protocolo de Estambul realizado por psicólogos como prueba pericial, sin embargo queda mucho camino por recorrer para ver la psicología no como una mera herramienta que sirve para cuestiones puntuales, sino como un pilar fundamental en la lucha contra la represión.

Miguel Angel Navarro Lashayas; del Grupo de Acción Comunitaria (GAC)

Publicado originalmente en la revista Ekintza Zuzena